Un discurso muy cobarde

He leído el discurso de la proclamación del Rey Felipe VI ante las Cortes Generales y el primer adjetivo que me ha venido a la cabeza ha sido “cobarde”. Más tarde, en un ejercicio similar al que hicieron el PSEO y el PCE en la elaboración de la Constitución de 1978, mi confianza en el nuevo monarca, junto con la del 75% de los españoles según la encuesta que publicó El País el 22 de junio de 2014 “Los españoles y el nuevo Rey”, le ha vuelto a ganar la batalla otra vez a la, por lo que se ve, siempre incómoda y rebelde alma republicana recomendándole que se escribiera él mismo los discursos, teniendo en cuenta que, elaborándolos, no creo que se excediese en las funciones que le son atribuidas en la Constitución. O, mejor aún, podría delegar esa función en la Reina Letizia que, aunque se haya convertido en Reina de España, seguirá llevando por sus plebeyas venas el periodismo.

Para empezar, la primera parte del discurso, llena de agradecimientos al padre, a la madre y a todo el equipo (la ciudadanía) parecía más bien el discurso de un actor galardonado en la Ceremonia de los Goya que el de una persona que ha accedido a la Jefatura del Estado de un país que tiene el tercer idioma más hablado, que llegó a tener el Imperio más extenso y que es uno de los más visitados del mundo. ¿Realmente la cuarta economía de la Unión Europea se merece un relevo en la Corona con un discurso totalmente plano, que no aporta ningún tipo de novedad para desencallar la gran crisis política, económica y territorial que sufre España en este último quinquenio?

Parece que quién haya elaborado el discurso haya leído el artículo de Fernando Savater “Peces piloto entre tiburones”, del 15 de junio de 2014 en El País, y se haya decantado más por el cinismo de Beigbeder cuando decía “No hay que tratar al público como si fuera imbécil ni olvidar nunca que lo es” que por la preciosa anécdota que le sucedió a Emerson cuando una mujer de condición humilde, que asistía a todas sus conferencias, le explico que “…me gusta oírle porque nos habla como si todos fuésemos inteligentes”. Porqué está claro que cualquier ciudadano que lea el discurso un par de veces con atención se dará cuenta que, además de no aportarle nada nuevo, lo están tratando como un imbécil.

La segunda parte del discurso se compone de toda una serie de obviedades que, sinceramente, serían más efectivas si durante el telediario de la televisión pública se hiciera formación de nuestro sistema político. ¿Alguien duda de que Felipe VI no sea, y cito textual, “un Rey, en fin, que ha de respetar también el principio de separación de poderes y, por tanto, cumplir las leyes aprobadas por las Cortes Generales”? ¿Acaso la Corona no “debe buscar la cercanía con los ciudadanos, saber ganarse continuamente su aprecio, su respeto y su confianza; y para ello, velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente”? Lo digo porque entre agradecimientos y obviedades ya llevamos dos de cinco páginas de un discurso de cambio en la Jefatura del Estado.

El alma republicana, noqueada por la confianza en el nuevo monarca, empieza a ganar terreno otra vez cuando uno lee como Felipe VI ventila en un solo párrafo la más grave crisis económica y social de la democracia española. El alma republicana, que ya empieza a pensar en cuando dirá el molesto pero siempre cierto “ya te lo dije”, se tendría que reencontrar con la indignación que invadió las plazas españolas y que generó en el 15M cuando escucha que el Rey despacha la crisis con “la obligación de transmitir un mensaje de esperanza (…) de que la solución de sus problemas y en particular la obtención de un empleo, sea una prioridad para la sociedad y para el Estado

La confianza en el nuevo monarca queda definitivamente derrotada cuando uno lee el párrafo posterior a las referencias de la crisis. Un párrafo que, aunque haya estado escrito inconscientemente detrás de las palabras sobre la crisis, debería dar vergüenza ajena a todo ciudadano de este país que no se considere uno de los imbéciles que proclamaba Beigbeder. ¿Cómo se puede decir, después de ventilar la crisis en nueve miserables líneas que “sobre todo, Señorías, hoy es un día en el que me gustaría que miráramos hacia adelante, hacia el futuro; hacia la España renovada que debemos seguir construyendo todos juntos al comenzar este nuevo reinado”? Dejemos ya de vivir de los recuerdos de la Transición. Ya es historia. Vale que sea admirada y reconocida por la gran mayoría de historiadores y políticos como un ejemplo del camino hacia la democracia pero eso no significa que no tengamos que superar el freno que supone la nostalgia por tiempos pretéritos para mejorar la España presente porque nuestra España de hoy sí que necesita una nueva transición, aunque pueda sonar exagerado, para salir de la grave crisis económica, social, política y territorial.

Ha llegado a un punto de saturación tal del sistema que el Monarca, si quiere tener la autoridad emanada del pueblo que consiguió Juan Carlos I, tendría que liderar esta renovación. ¡Y lo puede hacer sin necesidad de excederse en sus funciones constitucionales!

Porqué la idea que subyace en estas palabras es muchísimo más grave que el gran error mediático, que Felipe VI no hubiese tenido que permitir aunque forme parte de esta necesaria renovación, de no hablar durante unos minutos en cada una de las otras lenguas oficiales del Estado si es verdad que son “un patrimonio común que, tal y como establece la Constitución, debe ser objeto de especial respeto y protección; pues las lenguas constituyen las vías naturales de acceso al conocimiento de los pueblos y son a la vez los puentes para el diálogo de todos los españoles” Me parece que con quien va a tener más problemas es con la gran progresista Rosa Díez.

En la tan exprimida cuestión territorial alguien le tendría que decir al ignorante que escribió el discurso que España, por muy unida que tenga que permanecer, es diversa porque conviven en ella más de una nación, tal y como se puede leer en el artículo 2 de la Constitución de 1978, y no simplemente tradiciones y culturas diversas. Y hasta que no se renueven los “vínculos de hermandad y fraternidad que son indispensables para alimentar las ilusiones colectivas” no se solucionará de verdad el problema territorial.

La penúltima parte del discurso en la que habla de “situar a España en el siglo XXI (…) en el siglo del conocimiento, la cultura y la educación” y “en el que los valores humanísticos y éticos que necesitamos recuperar y mantener, contribuyan a eliminar las discriminaciones, afiancen el papel de la mujer y promuevan aún más la paz y la cooperación internacional” parece más inspirada en los grandes discursos de los años sesenta y en los valores posmodernos surgidos después de la productiva década de los cincuenta del siglo pasado que en la realidad social de la segunda década del siglo XXI.

La última parte del discurso, que está centrada en el ámbito tan importante en este mundo globalizado que son las relaciones internacionales, recupera la seguridad que proporcionan las obviedades para decir que “hoy España es Europa y nuestro deber es ayudar a construir una Europa fuerte, unida y solidaria”, que “con los países iberoamericanos nos unen la historia y lazos muy intensos de afecto y hermandad” y, por último, que “nuestros vínculos antiguos de cultura y de sensibilidad próximos con el Mediterráneo, Oriente Medio y los países árabes, nos ofrecen una capacidad de interlocución privilegiada”. Palabras todas ellas que se podían haber dicho perfectamente hace más de 20 años.

En fin, Felipe VI, tal y como decía Cervantes en boca de Don Quijote: “no es un hombre más que otro si no hace más que otro” olvide este discurso cobarde que ha pronunciado en las Cortes Generales y empiece a hacer más cosas que el resto de instituciones del Estado, empezando por el Presidente del Gobierno Mariano Rajoy, porque si no, queridos ciudadanos, vamos mal apañados.

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