La magia de lo analógico

En una sociedad tan pendiente de las pantallas resulta hasta casi mágico y, por tanto, poderoso rebelarse contra la dictadura del plasma y vivir un acontecimiento muy mediático a través de tus propios sentidos.

Cada fin de año lo celebramos con los amigos de toda la vida. Aprovechando que era un fin de semana de 3 días, decidimos celebrarlo en una típica masía catalana en las afueras de Jafré, municipio de la comarca del Baix Empordà.

Durante la cena de Nochevieja, los adultos estuvimos debatiendo en cuál de los canales de televisión veríamos las campanadas. Desde las clásicas campanadas de la Puerta del Sol en TVE hasta las campanadas millenials para verle un trozo de carne a la Pedroche, todas las opciones estaban encima de la mesa. Hubo quien propuso verlas en el I-Pad para no tener que desplazarnos al piso superior, donde se encontraba el salón con la televisión.

Entre mensaje clandestino de whatsapp, asumiendo que es de mala educación enviarlo durante una cena de amigos, entre tostadita de foie y cola de gamba roja, entre canción de spotify para añadir más barullo al que ya de por si tiene una mesa de 8 adultos y 6 niños; la elección de las campanadas seguía sin resolverse. Tampoco convencían las campanadas de TV3, por mucho país que se hiciese después del convulso otoño que todos hemos vivido.

Lo que nadie de los allí presentes sabía es que, faltando una hora para el tradicional evento, un invitado muy especial se iba a colar en la cena y, con su discurso claro y sonoro, zanjar la discusión de una manera contundente, cálida, mágica, rebelde, y poderosa. El campanario del pueblo tocó las 11 de la noche y puso a todos de acuerdo, con aquel brillo especial en los ojos y aquella alegría humana que solo el consenso y el acuerdo alcanzado son capaces de transmitir.

Tomaríamos las uvas con el campanario del pueblo, sin cuartos, sin discursos vacíos preocupados en llenar el hueco televisivo hasta las 12 de la noche, sin babear por un trozo de carne tapado por una gasa, sin artificios 2.0, sin tener esa necesidad absurda de compartirlo con cuanta más gente mejor.

Preparamos las uvas como cada año, cada uno a su manera. Nos abrigamos bien y salimos al magnífico mirador que el jardín proporcionaba, atentos a la primera de las campanadas. Nosotros teníamos que estar pendientes. Las sensaciones, por olvidadas, y las emociones que la actividad humana conlleva fueron indescriptibles. Este año nadie nos avisaría. Llegaría por sorpresa, sin preparación ni previsión ni algoritmos ni nada.

La alegría de oír la primera campanada surgió por sorpresa, de la nada. Todos empezamos a comer las uvas, intentando seguir el ritmo. A la cuarta campanada ya habíamos perdido el ritmo la mitad de los que estábamos disfrutando de ese momento especial porque las risas y las carcajadas no nos dejaba oír bien el resto de las campanadas, pero daba igual. Al acabar la doceava campanada cada uno besó a su pareja, a los niños, a los amigos, con una de las más grandes sonrisas de la vida de cada uno, conscientes que ese momento, por irrepetible y único, nos hizo sentirnos humanos otra vez. Después, empezamos a llamar a nuestros más cercanos familiares y felicitarles el nuevo año por teléfono, hablando, que también es muy humano.

Después de eso volvimos otra vez a este raro siglo XXI en el que cada uno de los avances tecnológicos nos hace plantearnos más duda acerca de nuestra humanidad, sobre todo cuando nos es tan difícil desprendernos de ese nuevo apéndice que le ha salido al cuerpo humano llamado Smartphone.

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