El lado bueno de la Historia

El humo de los contenedores quemados junto a la impulsividad descontrolada de los jóvenes, el peligroso descaro de Isabel Díaz Ayuso y la censura de lo políticamente correcto nos impiden ver y escuchar unos mensajes políticos, cuyo contenido está de acuerdo mucha más gente de lo que ellas mismas creen.

¿O es que, acaso, muchos ciudadanos defenderían a capa y espada la conducta de toda la Familia Real española, desde el inexplicable mutismo del rey Felipe VI hacia todo lo que tiene que ver con sus familiares hasta la corrupta conducta del rey emérito Juan Carlos I y sus “extrañas” regularizaciones con Hacienda, pasando por la desvergüenza de las Infantas Cristina y Helena al vacunarse de la COVID-19 antes que muchos de los ciudadanos a los que se creen representar?

¿Acaso todos somos tan inocentes de creer que la policía que, como fuerza y cuerpo de seguridad del Estado, tiene el monopolio legítimo del uso de la violencia no ha torturado, ni tortura, ni torturará en sus comisarías? ¿Tan ingenuos somos? Otra cosa bien distinta es luchar para que las torturas no existan ni queden impunes y que cuando se tenga conocimiento de dichos actos se exijan responsabilidades tanto a nivel penal como a nivel político.

La represión es una moneda con dos caras: por un lado, el corsé asfixiante del lenguaje políticamente correcto que impide el ejercicio de la libertad de expresión y, por el otro, el espíritu de la Ley de Seguridad Ciudadana que subordina la actuación de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado al supremo objetivo de la “prevención”. Y poniendo a las emociones en el centro del ejercicio de la política, la represión ha adquirido una falsa legitimidad dependiendo de la ideología del tertuliano o columnista que opine o publique. A este chantaje emocional que divide a la sociedad en bloques no se le combate con más emoción sino con presión social para que las instituciones políticas legítimas puedan cambiar las leyes y los marcos mentales que generan dicha represión. Tal y como recuerda Montesquieu en su libro Del espíritu de las leyes, cuando un ciudadano, que vive en sociedad, se olvida de los demás, encerrado en un bloque de iguales, “los legisladores le hacen volver a la senda de sus deberes por medio de las leyes políticas y civiles”.

Al fin y al cabo, de lo que se trata es de conseguir una sociedad como la que se describía en los muros de un colegio:

El problema está en que, de momento, quien lo defiende con vehemencia son los que según Isabel Díaz Ayuso están en el lado malo de la Historia:

Y, por ahora, ese mal llamado Régimen del 78, que tanto desprecian los populistas de izquierdas y de derechas, sólo ha sido capaz de abordar la lucha feminista. Sigue faltando que tengan la valentía de abordar la estructura territorial del Estado y las condiciones de vida de millones de españoles que ya venían sobreviviendo de la Crisis del 2008 y que se están quedando atrás debido a la pandemia de la COVID-19.

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