La vigencia de Astérix en la UE

cuba y la ue

Entiendo que habrá sido una casualidad, y no una inocentada, la coincidencia de los dos siguientes artículos “Cuba y los espejismos de la libertad”, escrito por Mario Vargas Llosa, y “Syriza, Podemos y los límites de la eurozona”, escrito por Antonio Roldán, como siempre interesantes, el pasado domingo 28/12 en El País. Y digo casualidad porque me hace gracia que el anhelo de libertad y democracia que el escritor desearía para Cuba, el analista lo niega para el conjunto de la eurozona a partir de la defensa, justamente, de ese sistema de libertad y democracia que partidos, como Syriza o Podemos, pretenden superar poniendo en evidencia la decadencia del mismo.

Uno lee los dos artículos a la vez y puede acabar pensando que la Cuba comunista es igual de totalitaria que la eurozona libre y democrática. A tenor del análisis de los dos autores, los dos sistemas políticos, antagónicos por definición, son igual de herméticos ante la voluntad de los ciudadanos que, en principio, es o tendría que ser la base de la democracia y la libertad.

Es curioso observar que críticas tan feroces al régimen comunista cubano por parte de un liberal como Vargas Llosa también sean aplicables a la UE, una de las máximas expresiones de la democracia y la libertad, cambiando, reconozco que malintencionadamente, una palabra: Los regímenes democráticos (este es el cambio que introduzco) “no caen nunca gracias a la bonanza económica sino a su ineptitud para satisfacer las más elementales necesidades de la población”. Lo digo porque uno ha leído antes el artículo de Antonio Roldán, simplemente porque está en la página anterior casualidades de la vida o del Día de los Inocentes, y entonces se pregunta para qué sirve la democracia que tanto ansía Vargas Llosa para Cuba cuando, y cito textual “en la eurozona, como ya viene siendo evidente desde hace tiempo, quien paga manda” En ambas situaciones ¿dónde está la voluntad popular y democrática de los ciudadanos para definir y decidir sobre el sistema que les permita garantizar y mejorar sus condiciones de vida, según sus creencias?

Uno lee estos artículos y se da cuenta de las causas reales del auge del populismo en la Vieja Europa. Estas reflexiones no son sino la evidencia de la futilidad de un discurso lleno de épica y palabras grandilocuentes por parte de la derecha y el liberalismo más ilustrado (encarnado en este caso por Vargas Llosa) y la incapacidad de la socialdemocracia y la izquierda más institucionalizada (encarnada en este caso por Antonio Roldán) para hacer frente a las condiciones de vida, no ya de las capas más desfavorecidas de la sociedad que también, sino de la clase media que, día a día, ve perder sus derechos sociales y su condiciones materiales de existencia sin la certeza de saber que este sacrificio sea sólo momentáneo.

Y es, principalmente, desde el fracaso, y no fruto de la pérdida de soberanía económica aceptada por todos en aras de un bien común llamado UE, de la socialdemocracia en la elaboración de un discurso como contrapunto ideológico a la Derecha, pues en el fondo ésta siempre ha tenido el mismo discurso político, económico y social, que estén surgiendo nuevas formaciones políticas que, desde una perspectiva más clara tanto a la derecha como a la izquierda, saben dar una respuesta a las necesidades y desesperación de esa clase media y baja.

El problema estriba en que la socialdemocracia, en vez de hacer autocrítica y tomar la iniciativa en el combate a la crisis, sólo se dedica a criticar e intentar englobar a todas estas nuevas formaciones bajo un mismo paraguas llamado “populismos”, siguiendo el esquema clásico y a la vez eterno de buenos (los partidos socialdemócratas responsables y con sentido de estado) y malos (los partidos populistas, da igual del color que sean y lo que digan: son radicales y punto).

Este fracaso socialdemócrata se vislumbra, una vez más en, el artículo del analista para Europa de Eurasia Group cuando, a estas alturas de la película, sigue afirmando, a mi entender de manera totalmente inaceptable, todavía como si no lo supiéramos que “trabajar para cambiar ese arreglo institucional y lograr unas instituciones más fuertes y democráticas que reflejen mejor las preferencias de los ciudadanos del sur es el camino”. En un sistema democrático los partidos presentan un programa a unas elecciones y los ciudadanos, en libertad, lo votan. El partido que resulte ganador es el que, en ese momento, refleja las preferencias de los ciudadanos nos guste o no, por tanto, si las opciones ganadoras son Syriza o Podemos ¿por qué, entonces, hay que aceptar la real politik y sus límites? ¿En qué quedamos? ¿En unas instituciones más fuertes y democráticas o en el “quien paga manda”, escrito unos cuantos párrafos antes? El auge del populismo se explica justamente por esta disyuntiva, por esta falta de concreción y firmeza de la socialdemocracia que sigue reivindicando “un mayor esfuerzo fiscal a aquellos que tienen espacio para llevar adelante” pero rescatan a los bancos, re-estructuran el mercado laboral en perjuicio de los trabajadores o permiten la pobreza energética. Una socialdemocracia que sigue proponiendo “un debate serio sobre la deuda acumulada” pero no va un paso más allá ni especifica cuál es su postura al respecto ni establece los límites que no son posibles traspasar. Una socialdemocracia que sigue apostando por “completar la unión monetaria con un pilar fiscal común fuerte que permita amortiguar el sufrimiento en periodos de crisis” pero que no se erige en el faro que la UE tiene que seguir para fortalecer esa unión.

Los ciudadanos de la UE ya están hartos de tanto proponer, apostar, debatir… Quieren respuestas concretas y claras sobre todos los aspectos que afectan a sus condiciones de vida. Y esa necesidad la han conseguido satisfacer todos estos partidos tildados de populistas, cada uno según la tradición política del Estado-nación en el que ha surgido.

Es en esta dialéctica donde los cómics de Astérix el Galo adquieren una nueva dimensión política, explicando en parte, la realidad actual europea. ¿Acaso la UE y todo su aparato burocrático no son sino esos “locos romanos” que representan la uniformidad y el progreso económico, político y social frente a los distintos y atrasados pueblos europeos? Es en esta línea donde igual encontramos los motivos por los que en Francia tiene tanto apoyo popular el FN (recuperar “le grandeur” perdida entre tanto traje y corbata) o en Grecia y España, después de haber sufrido sendas dictaduras fascistas, triunfan partidos que se erigen en la nueva izquierda.

Es en esta línea donde igual, desde un pequeño país del sur de Europa, unos irreductibles ciudadanos europeos recuperen la esencia de ese concepto universal que ellos mismos desarrollaron, hace ya tantos siglos, llamado democracia. Igual Grecia vuelve a ser la cuna, que ya fue en su día, de la civilización occidental y nos muestra el camino, tan reivindicado, que los ciudadanos europeos tenemos que seguir, tal y como idearon René Goscinny y Albert Uderzo en el cómic titulado “Astérix en Córcega” cuando se juntan distintos pueblos europeos para, cada uno con sus peculiaridades, luchar todos juntos contra los dictados de los mercados y la uniformidad capitalista, ¡huy, perdón! Quería decir contra los romanos.

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