Regreso al siglo XX

Tres meses después de la sorprendente e inesperada victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016, los analistas y teóricos progresistas siguen obcecados en explicar dicha victoria con vectores propios del siglo XXI como si los motivos de la victoria tuviesen que ir por fuerza acordes a los tiempos de Youtube y los smartphones.Estos fallidos análisis son los que han impedido pronosticar la victoria de Donald Trump y los que explican los fracasos, cita electoral tras cita electoral, de los partidos socialdemócratas por todo Occidente.

Los últimos ejemplos de dichas escopetas de feria los encontramos en los artículos de John Carlin “El muro que divide al mundo en el siglo XXI” y Mariam Martínez-Bascuñán “Pobres hombres blancos” publicados en El País a lo largo de la primera semana de marzo de 2017. Ambos centran los argumentos para explicar la victoria de Trump en el discurso populista que elaboró el ahora Presidente contraponiendo la defensa del pueblo americano contra la globalización, es decir, nacionalismo versus cosmopolitismo.

Pero… ¿Acaso EEUU se ha vuelto nacionalista en 2016 con el Make American Great Again? ¿Cómo nos hemos podido olvidar tan rápido que EEUU ha sido, es y será, probablemente, el país más nacionalista del mundo, cuyo mejor ejemplo lo encontramos en cualquiera de los fotogramas que Hollywood aprovecha para colocarnos las barras y las estrellas, por muy progresista que sea el director?

Llegados a este punto, hay que diferenciar de manera muy clara las siguientes preguntas, por muy obvias que sean: ¿Por qué ganó Donald Trump? Y ¿Por qué los votantes de Donald Trump votaron a Donald Trump?.

En contra de los ríos de tinta y concienzudos análisis sobre la importancia de la inmigración en estas elecciones y el discurso populista, Donald Trump ganó las elecciones de noviembre por un factor no del siglo XX sino más antiguo todavía: el específico sistema electoral norteamericano. No hay más; es así de simple. Da igual ganar California por un millón de votos que por mil porque el vencedor gana todos los votos electorales de ese Estado. Se trata simple y llanamente de aritmética electoral.

La segunda pregunta es más difícil de responder. Ahora bien, en el momento en el que empecemos a ignorar el reduccionismo intelectual que presupone equiparar el análisis marxista con ser comunista empezaremos a entender mejor que la sociedad occidental tampoco ha cambiado tanto y, en contra de lo que sostiene John Carlin en su artículo, la economía sigue siendo el elemento electoral que rige la vida de los ciudadanos que han votado a Donald Trump.

Porque afirmar que “la economía (…) no es la principal explicación del fenómeno político que define nuestra era en Occidente” después de sufrir la peor crisis económica y financiera desde el Crack del 29 es un poco arriesgado por mucho que la principal conclusión del estudio sobre las prioridades del electorado estadounidense, que realizó Erik Kaufmann en la Birkbeck College, fuese que la inmigración era un “asunto de muchísima mayor preocupación para los devotos de Trump que la desigualdad” ¿No será que la pregunta está formulada de tal manera que los encuestados respondan no lo que creen sino lo que el investigador quiere oír? Lo digo porque conviene recuperar la serie de artículos titulada La América de Trump que escribió Marc Bassets en otoño de 2016 donde, si bien no suponían una investigación sociológica sobre dicho electorado, encontramos frases tales como “los acuerdos de libre comercio han provocado el cierre de fábricas en Estados Unidos y han dejado sin oportunidades a la clase trabajadora” o historias como la de “Dawn Martin, que lleva 12 años trabajando en Carrier, cobra 22 dólares por hora; los trabajadores mexicanos cobrarán entre 3 y 6, según datos no confirmados por la empresa. Perder el trabajo puede significar, para ella, quedarse sin seguro médico” o situaciones como la del municipio de Elkhart donde se da la paradoja que el paro ha caído hasta el 4% pero las condiciones laborales son precarias “Me levanto a las cuatro. Trabajo siete días a la semana, entre 50 y 55 horas semana” dijo. En la fábrica ganaba 20 dólares por hora; ahora unos 11 dólares por hora

Son estas declaraciones, historias y situaciones las que rebaten la tesis del artículo de Mariam Martínez porque, repito, estas declaraciones, historias y situaciones también las protagonizan mujeres, negros, gays y los olvidados hispanos. Ciudadanos que han acabado votando a Trump. La corrección política la ha traicionado a la hora de criticar la reducción del pueblo americano al hombre blanco trabajador que, en la actualidad sólo supone el 63% de la población de Estados Unidos. Lo que sí se ha puesto de manifiesto en estas elecciones es que tanto el Partido Demócrata americano como los partidos socialdemócratas occidentales se han olvidado por completo del hombre blanco trabajador que ha pasado a ser uno de esos grupos culturales que tanto critica Mariam. ¿Acaso el hombre blanco trabajador se tendrá que convertir en una minoría para que el progresismo defienda sus derechos? Propuesta de tesis para cualquier estudiante universitario de Ciencias Sociales: comparar la cobertura mediática (TV, radio, prensa…) del repugnante autocar de Hazte Oír con el conflicto laboral de Panrico.

Casi podríamos afirmar que Trump ha conseguido que el tradicional nacionalismo norteamericano recupere la economía como elemento vertebrador de su discurso, volviendo al proteccionismo que tan nervioso pone a los defensores de la globalización. Esta es la diferencia, cosa que no quiere decir que sea nuevo, respecto a los discursos republicanos anteriores. ¿Cómo no puede ser atractivo para los protagonistas de los artículos de Basset un hombre que amenazó a toda una FORD con aranceles económicos si trasladaba una fábrica a México y que, como consecuencia de dichas amenazas, FORD se quedó en EEUU e invirtió en una nueva planta creando nuevos puestos de trabajo?

Al fin y al cabo, como cantaba La Polla Records en Chica Yeyé: “Viviré con deudas por toda la eternidad / pues siempre me ofrecen algo nuevo que comprar”, se trata de seguir manteniendo el american way of life y la concepción del mundo que tiene Hillary Clinton ya no lo garantizaba. Veremos cuánto dura dicha garantía con Donald Trump.

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