Desprecio

En 1844, Marx escribía “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”. En 2018 este pensamiento sigue existiendo.

Una conocida empresa de productos de lujo celebró con sus trabajadoras la comida de verano. Sus trabajadoras representan todo lo opuesto, tanto a nivel social como económico, a los futuros clientes, consumidores de dichos artículos exclusivos.

Este hecho no debería representar ningún problema sino fuera por todo el tufillo de vergüenza ajena que se destilaba en el montaje y desarrollo de dicha fiesta por parte de la empresa.

En un mundo post crisis en el que nos hemos olvidado de las condiciones laborales para acentuar todavía más el consumo globalizado con el objetivo de llegar a todas las partes del planeta con el mínimo coste posible y el máximo esfuerzo laboral, los trabajadores van perdiendo el valor que tenían en tanto que eran la estructura más importante de una empresa. Los trabajadores pasan a ser una losa que no permite rebajar los costes para vender más.

Con la crisis, ha habido un retroceso en las condiciones laborales debido a la propia crisis económica como al surgimiento de la mal llamada economía colaborativa cuyas empresas, aprovechando la desesperación de los trabajadores en paro, han impuesto unas condiciones laborales que prácticamente nos retrotraen a la sociedad en la que vivía Marx.

Las empresas ya no tienen trabajadores. Tienen costes. Y un coste no se identifica con la empresa. De ahí que la celebración de las comidas de empresa se parezca más a una zanahoria delante de un burro para que ande que a una muestra de lo orgullosa que puede llegar a sentirse una empresa de sus trabajadores.

Por eso produce indignación ver cómo una empresa desprecia a sus trabajadoras montándoles una fiesta a escondidas, con un catering para cebarse y con una animación de hotel barato de playa; una fiesta en la que el lujo de la marca destaca por su ausencia. Una fiesta acorde a lo que son: ciudadanas de áreas metropolitanas de una gran ciudad que nunca podrían comprarse dichos artículos y que, por tanto, no merecen ser tratadas como las clientas que entran en una de sus tiendas porque, seguramente, la empresa piense que no son nadie.

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